dimecres, 30 de maig del 2018

El asesinato de Sócrates

Chicot, Marcos, El asesinato de Sócrates
(2016)




«[Querefonte y Sócrates] habían comenzado a estudiar con el mismo pedagogo [...] habían hecho juntos el servicio militar. [El padre de Querefonte] había muerto cuando él sólo tenía ocho años» [pàg. 20].

«Era consciente de que en muchas ciudades griegas casi ninguna mujer sabía leer. En la misma Atenas las mujeres recibían menos formación que en Esparta, además de tener menos libertad. [...] A los siete años se llevaban a todos los varones libres a vivir a barracones comunales. A esa edad comenzaban la agogé, la austera y exigente educación espartana que acababa convirtiéndolos en los mejores soldados del mundo» [pàg. 43].

«[Esquilo] La pitonisa había afirmado que moriría porque le caería una casa encima. Esquilo había abandonado la ciudad y no había permitido que hubiera sobre su cabeza un techo más pesado que una simple hilera de cañas. Un año después, mientras estaba sentado en medio del campo, un águila soltó un caparazón de tortuga sobre su cabeza -quizás confundiendo su calva con una roca en la que partirlo- y la "casa de la tortuga" terminó con su vida» [pàg. 82].

«-¿Quieres ir con él? -le preguntó a Alcibíades. Pericles era su tío, además de su tutor desde que había quedado huérfano de padre siendo niño» [pàg. 215].

«La peste había aniquilado a un tercio de la población ateniense, incluyendo a Pericles» [pàg. 264]

«Las ciudades confederadas de Beocia, con la poderosa Tebas a la cabeza, eran enemigas tradicionales de Atenas y aliadas de Esparta» [pàg. 265].

«"Seguro que está pensando en Alcibíades. Critón ha dado en la llaga. -Alcibíades, uno de los jóvenes más brillantes de Atenas, había sido seguidor de Sócrates durante varios años, hasta que había comenzado a despuntar en la Asemblea -Es su proyecto fallido."» [pàg. 268].

«Los hoplitas atenienses se agrupaban por tribus, los diez grupos en los que el reformador Clístenes había dividido a los ciudadanos hacía siete décadas. De este modo, los soldados combatían rodeados de hombres con quienes compartían relaciones de parentesco o vecindad, lo que favorecía que no abandonaran su posición» [pàg. 271].

«Se trataba de Sófocles y su comité de amigos y aduladores. El anciano Sófocles, de setenta y dos años, era el escritor vivo más famoso de Atenas. Sus tragedias habían ganado innumerables premios, y además había sido elegido estratego varios años. En sus campañas militares había obtenido notables victorias, a menudo junto a su contemporáneo Péricles. Casandra lo observó con atención. Al contrario que su padre [Eurípides], Sófocles tenía un carácter abierto y había desarrollado una larga carrera política en Atenas» [pàg. 322].

«Sócrates gruñó disgustado. Aristófanes lo estaba poniendo al mismo nivel que los sofistas, que eseñaban a usar la retórica para imponerse a los adversarios en la Asamblea o en los tribunales, al margen de la justicia del caso o de la veracidad de los argumentos» [pàg. 329].

«En el diálogo que mantuvieron a continuación las Nubes con Sócrates, además de sofista lo llamaron sacerdote de las vaciedades inútiles. También afirmaron que lo atendían por su andar arrogante, su mirar desdeñoso, su sufrimiento en caminar desnudo y la majestad que imprimía a su fisionomía. Acto seguido, Estrepsíades le preguntó a Sócrates si existía Zeus, y él lo negó tajantemente, lo que arrancó del público un murmuro airado.
»-Flaco favor me está haciendo este comediante -rezongó Sócrates» [pàgs. 330-331].

«En la Grecia Clásica cada ciudad seguía su propio calendario, y no coincidían los nombres de los meses ni el día en que comenzaban» [pàg. 350].

«Los eleos eran el pueblo que controlaba el santuario de Olimpia y organizaba los Juegos, que se celebraban cada cuatro años» [pàg. 405].

«Obtener la victoria en los Juegos Olímpicos acarreaba tanta honra y prestigio para el atleta como para su ciudad, que mostraba una gratitud eterna hacia el hombre que le procuraba semejante honor» [pàg. 408].

«Había tres Juegos más en los que participaban todos los griegos: los Juegos Píticos, los Ístmicos y los de Nemea, pero los Juegos Olímpicos eran los más antiguos e importantes. Congregaban durante semanas a decenas de miles de peregrinos, así como a las principales personalidades de la política, el arte y la filosofía. Meses antes de los Juegos, tres heraldos recorrían el mundo griego proclamando la tregua sagrada y anunciando la fecha de inicio de las olimpiadas, algo fundamental teniendo en cuenta que cada ciudad tenía su propio calendario. La tregua sagrada no detenía las guerras, pero sí protegía a quienes viajaban para participar en los Juegos. Dos meses antes de empezar las competiciones, los atletas llegaban a Elis, donde se sometían a un entrenamiento especial bajo la supervisión de los jueces. Posteriormente se trasladaban a Olimpia junto a sus entrenadores y acompañantes, y tras una serie de ritos religiosos daban comienzo los Juegos, que tenían una duración de seis días. [...] El vencedor de la carrera del estadio daba su nombre a cada olimpiada» [pàgs. 410-411 i 413].

«"Parece imposible que haya sido discípulo de Sócrates". El filósofo había sabido ver que el aristócrata adquiría mucha influencia en la Asamblea y había tratado de convertirlo en un político reflexivo y justo, pero todos sus intentos habían resultado inútiles frente a la naturaleza desmesurada de Alcibíades. Hacía ya mucho tiempo que éste había dejado de frecuentar a Sócrates y se había centrado en su carrera política» [pàg. 426].

«Alcibíades había solicitado hacía tres meses un salvaconducto para que le permitiesen entrar en Esparta en condición de asilado. El rey Agis y varios miembros de las familias más influyentes habían aceptado acogerlo, pero muchos espartanos sólo veían en él a uno de los atenienses que más los había perjudicado, además del hecho evidente de que era un traidor a su propia patria» [pàg. 504].

«Unos días después de la rendición, Calícrates condujo un contingente de hoplitas espartanos a los Muros Largos. Su responsabilidad era vigilar que durante el derribo de los muros no se produjeran altercados. De la demolición se encargarían los aliados de Esparta que con tanta furia habían pedido que se exterminara a los atenienses. No habían conseguido aquello, pero al menos ahora parecían satisfechos con la perspectiva de destruir sus murallas: se habían engalando con guirnaldas de flores y reían ruidosamente mientras aguardaban a que él les permitiera comenzar» [pàg. 665].

«-No puedes negar la responsabilidad de Sócrates -estaba diciendo el más fornido-. El régimen de los Treinta Tiranos ha sido el más salvaje que hemos sufrido los atenienses, y su cabecilla fue discípulo de Sócrates.
»Antemión torció el gesto. Hacía cinco años, tras destruir los Muros Largos y las murallas del Pireo, los espartanos impusieron a Atenas un gobierno de treinta oligarcas, que aunque atenienses eran completamente leales a Esparta. En un principio los oligarcas sólo ejecutaron a los líderes demócratas más prominentes que no habían conseguido escapar, pero pronto las ejecuciones se extendieron a todo aquel que consideraban una amenaza para ellos, así como a cualquiera que tuviese riquezas de las que ellos se quisieran apropiar.
»"Critias era su dirigente, y el más despiadado de todos, pero Sócrates no tiene ninguna culpa"» [pàgs. 672-673].

«Perseo contempló a los jueces, que se levantaron y formaron una larga fila. Hasta hacía poco se votaba a mano alzada, pero para que el jurado votara con total libertad se había instaurado un sistema de voto secreto. Todos los jueces recibían para votar dos fichas, cada una de ellas compuesta por un pequeño disco de bronce atravesado por un eje. En la ficha que servía para emitir un voto de culpabilidad, el eje era hueco, y en el otro, macizo. Llevaban cada ficha en una mano, sujetando los ejes entre el pulgar y el índice de modo que taparan las puntas y no se pudiera distinguir cuál tenían en cada mano. [...]
»Los jueces avanzaban lentamente hasta llegar a la posición del arconte. Frente a él habían colocado dos ánforas voluminosas: una de bronce para depositar los votos válidos y otra de madera. Los miembros del jurado metían una mano en cada vasija y soltaban las fichas, de modo que no se sabía cuál depositaban en cada ánfora. A continuación, recibían una chapa de bronce con la que después del juicio cobrarían los tres óbolos que se asignaba a cada juez» [pàgs. 707-708].

«El filósofo subió los escalones con la misma apariencia de tranquilidad que la primera vez. Su proceso era de los llamados "juicios con evaluación", en los que el acusado encontrado culpable tenía derecho a proponer una condena alternativa. A continuación, el jurado votaba entre la pena solicitada por la acusación y la propuesta por el acusado» [pàg. 711].

«Tras la muerte de Sócrates, Atenas se había arrepentido y había actuado contra sus acusadores: el poeta Meleto había sido ejecutado, y a Anito lo habían enviado al exilio. [...] La ciudad había erigido una estatua de bronce del filósofo, y durante diez días habían cerrado por luto las palestras y los gimnasios adonde solía ir a conversar» [pàgs. 744-745].

«Sobre la vida de Sócrates sabemos que, al igual que todos los ciudadanos atenienses, era un ciudadano soldado; es decir, además de su actividad cotidiana -en su caso filosofar- tenía que luchar en el ejército cada vez que lo llamaban a filas» [pág. 750].

«La documentación de que disponemos nos muestra que Anito fue el principal instigador de la acusación contra Sócrates, y parece que el motivo principal fue que consideraba a Sócrates responsable de que su hijo Antemión se rebelara contra él y no quisiera trabajar en su curtiduría como trabajador manual» [pàg. 751].