dissabte, 23 de març del 2024

Sin destino

 KERTÉSZ, IMRE, Sin destino

(Títol original Sorstalanság, trad. Judith Xantus Fzarvas, 1975)


"Me acordé también del caso de los panaderos e intenté explicarle que no la odiaban a ella como persona, puesto que ni siquiera la conocían, sino más bien la idea de que era "judía". Entonces reconoció que ella también había llegado a la misma conclusión, pero que no comprendía nada, puesto que no sabía exactamente qué significaba ser judío. Annamária le dijo que, como todos sabíamos, se trataba de una religión. Pero a ella no le preocupaba eso, sino su signficado. "Al fin y al cabo uno tiene derecho a saber por qué le odian", opinó" [pág. 47]. 

"Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: "Auschwitz-Birkenau", eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Traté en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos" [pág. 81].
"Me imaginé entonces que se habrían reunido unos cuantos hombres maduros, no unos niñatos, unos señores bien vestidos, condecorados con medallas y que fumaban puros, probablemente comandantes, y habrían pedido no ser molestados. A uno se le habría ocurrido lo del gas, a otro lo de la ducha, a un tercero lo del jabón, un cuarto añadió lo de las flores, y así sucesivamente. Algunas de las ideas habrían sido discutidas, enmendadas, otras habrían sido aceptadas en seguida, y entonces todos se habrían puesto de pie (no sé por qué, pero me pareció indispensable imaginar que se ponían de pie) para chocar las manos. Me resultó muy fácil imaginar la escena. El plan de los comandantes se materializaría tras gran dedicación y mucho ajetreo, y el éxito del espectáculo - yo mismo podía controlarlo- estaba más que asegurado" [págs. 110-111].

"Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse, en el supuesto de ser uno de los privilegiados que se lo puedan permitir. Esperábamos, siempre esperábamos -si lo pienso bien- que no ocurriera nada. Ese aburrimiento y esa espera son las impresiones que mejor definen, al menos para mí, la situación en Auschwitz" [paǵ. 117]. 

"Sin embargo, se producían muy pocos suicidios, no era la regla, eso lo reconocía todo el mundo. Yo me enteré de unos cuantos casos, oía los comentarios y las opiniones: algunos los desaprobaban por completo, otros lo comprendían, los conocidos lo lamentaban, pero todos parecían estar hablando de un hecho excepcional, lejano, extraño y difícil de explicar, de un acto frívolo o quizás incluso respetable pero de todas formas de algo que era consecuencia de una conducta precipitada.
"Lo principal era no abadonarse; algo siempre pasará porque nunca ha pasado que algo no pasara, eso me enseñó Bandi Citrom, afirmación llena de sabiduría que él había aprendido en el campo de trabajo" [pág. 132].

"Nunca lo hubiese creído y, sin embargo, es una verdad como un templo: en ninguna otra circumstancia importa tanto llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando preso" [pág. 133].

"Era justamente eso lo que me molestaba, me preocupaba, me volvía inseguro: porque mirándolo bien, no podía encontrar ninguna razón aceptable, lógica o admisible para estar justamente allí y no en otro lugar" [pág. 192].

"Por mucho que escuchara, siempre hablaban de lo mismo, la libertad, pero no decían ni una sola palabra de la sopa. Yo estaba, por supuesto, muy contento de que fuéramos libres, pero no podía evitar pensar que el día anterior no había ocurrido nada por el estilo pero teníamos sopa" [pág. 215].

"Con el rostro iluminado, me enseñó la casas entre las cuales estábamos avanzando y me preguntó qué sentía al estar de nuevo en casa, al ver la ciudad que había tenido que abandonar. Le dije: "Odio". Se calló pero luego observó que lamentablemente comprendía mi sentimiento. Opinaba que "en ciertas circunstancias" hasta el odio podía tener su razón de ser, su función, su "utilidad", y que él comprendía perfectamente o quién odiaba yo. "A todo el mundo", respondí" [pág. 224].

"Yo había vivido un destino determinado; no era ése mi destino pero lo había vivido. No comprendía como no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido. [...] Incluso así les dije lo que quería: que nunca empezamos una nueva vida sino que seguimos viviendo la misma de siempre. Yo había dado unos pasos y no otros, y puedo decir que dentro de mi propio destino siempre había actuado con honradez" [pág. 235].

"Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad" [pág. 235].