Ferrante, Elena, Un mal nombre
[títol original: Storia del nuovo cognome; trad. Celia Filipetto, 2012]

"Desde niñas habíamos visto a nuestros padres zurrar a nuestras madres. Nos habíamos criado pensado que un desconocido no debía rozarnos siquiera, pero que nuestro padre, nuestro novio y nuestro marido podían darnos bofetadas cuando quisieran, por amor, para educarnos, para reeducarnos. Por lo tanto, desde que Stefano no era el odioso Marcello sino el joven al que había dicho querer muchísimo, el joven con el que se había casado y con el que había decidido vivir para siempre, debía asumir hasta el fondo la responsabilidad de su elección. Sin embargo, no todo cuadraba. A mis ojos, Lila era Lila, no una mujer cualquiera del barrio. Tras recibir un sopapo del marido, nuestras madres no adoptaban esa expresión de tranquilo desprecio que mostraba ella. Se desesperaban, lloraban, se enfrentaban a su hombre con cara de pocos amigos, lo criticaban a sus espaldas y, pese a todo, quien más quien menos, seguían apreciándolo (mi madre, por ejemplo, admiraba sin medias tintas los tejemanejes marrulleros de mi padre). Pero Lila exhibía una sumisión sin respeto [pág. 61].
"-Solo era cuestión de dinero, Lila. Hoy todo ha cambiado, eres mucho más hermosa que la muchacha vestida de verde.
Pero pensé: No es cierto, estoy mintiendo. Había algo malvado en la desigualdad, y ahora lo sabía. Actuaba en profundidad, cavaba más allá del dinero. No bastaban la caja registradora de las dos charcuterías y tampoco la de la fábrica de zapatos o la de la tienda de zapatos para ocultar nuestros orígenes. Lila misma, aunque hubiera sacado del cajón más dinero del que ya sacaba, aunque hubiese sacado millones, treinta o incluso cincuenta, no lo habría conseguido. Me había dado cuenta y, por fin, había algo que sabía mejor que ella; no lo había aprendido en aquellas calles, sino en la puerta del colegio, al observar a la chica que iba a buscar a Nino. Ella era superior a nosotras, así, sin proponérselo. Y eso resultaba insoportable" [pág. 147].
"-Siempre tengo que demostrar que puedo ser mucho mejor. -Y añadió sombría-: Cuando abrimos esta tienda, Stefano me enseñó cómo engañar con el peso; yo, al principio, le grité: Eres un ladrón, es así como ganas dinero; después no supe resistirme, le demostré que había aprendido y enseguida me inventé mis propios trucos para engañar y se los enseñé, y siempre se me ocurren otros nuevos; os engaño a todos, engaño en el peso y en mil cosas más, engaño al barrio, no te fíes de mi, Lenù, no te fíes de lo que hago y digo" [pág. 169].
"Nosotras, las chicas, cuando un tipo no se fijaba mucho en nosotras, solíamos decir que no era hombre. ¿Lo era Enzo o no lo era? Yo no entendía nada de ciertas interioridades oscuras de los varones, ninguna de nosotras entendía nada, de manera que ante cualquiera de sus manifestaciones confusas recurríamos a aquella fórmula. Algunos como los Solara, como Pasquale, como Antonio, como Donato Sarratore, incluso como Franco Mari, mi novio de la Escuela Normal, nos querían con las más variadas tonalidades -agresivas, sumisas, despistadas, atentas- pero nos querían sin lugar a duda. Otros como Alfonso, como Enzo, como Nino, eran -según tonalidades asimismo variadas- de un comedimiento distante, como si entre nosotras y ellos hubiese un muro y el esfuerzo por escalarlo fuera tarea nuestra [pág. 431].
"Dimos un largo paseo. Nos besamos, nos abrazamos en el paseo a orillas del Arno, le pregunté, medio en serio medio en broma si quería colarse en mi habitación. Dijo que no con la cabeza, me besó otra vez con pasión. Entre él y Antonio había bibliotecas enteras, pero se parecían" [pág. 512].
Valoració: 5/5. Ferrante no decepciona. Entres de ple en l'univers dels barris populars de Nàpols. Estimes els seus personatges, els veus, gairebé els tens a tocar.