Ferrante, Elena, Las deudas del cuerpo
(títol original: Storia di chi si fugga e di chi resta, trad. Celia Filipetto, 2018)
"En aquella época de lluvias, la ciudad había vuelto a quebrarse, un edificio entero se había inclinado de lado como una persona que se apoya en el brazo de un viejo sillón y el brazo cede. Muertos, heridos. Y gritos, palizas, cartas bomba. Era como si la ciudad guardase en sus vísceras una furia que no conseguía salir y por eso la erosionaba, o estallaba en pústulas en la superficie, henchidas de veneno contra todas, niños, adultos, ancianos. gente de otras ciudades, norteamericanos de la OTAN, turistas de todas las nacionalidades, los mismos napolitanos. ¿Cómo se podía resistir en aquel lugar de desorden y peligro, en los suburbios, en el centro, en las colinas, al pie del Vesubio? Qué fea impresión me había causado San Giovanni a Teduccio, el viaje para llegar hasta allí" [pág. 24].
"Había sido demasiado miserable, demasiado acuciada por la obligación de destacar en los estudios. Al cine había ido poco o nada. Nunca había comprado discos como me hubiera gustado. No había sido fan de ningún cantante, no había ido corriendo a ningún concierto, no había coleccionado autógrafos, nunca me había emborrachado, el poco sexo que había practicado había sido con disgusto, a escondidas, atemorizada. Aquellas muchachas, sin embargo, quien más, quien menos, debieron de criarse con más bienestar, y a la actual muda de piel habían llegado más preparadas que yo, quizás sentían su presencia en aquel lugar, en aquel ambiente, no como un descarrío sino como una elección adecuada y urgente. Ahora que tengo algo de dinero, pensé, ahora que a saber cuánto ganaré, puedo recuperar alguna de las cosas perdidas. O quizá no, quizá ya era demasiado culta, demasiado ignorante, demasiado contenida, estaba demasiado habituada a enfriar la vida almacenando ideas y datos, demasiado próxima al matrimonio y al acomodo definitivo, en una palabra, obtusamente demasiado formada dentro de un orden que allí parecía superado. Este último pensamiento me horrorizó. Vete ahora mismo de aquí, me dije, cada gesto, cada palabra es una afrenta al esfuerzo que he hecho. Pero me colé en el aula repleta" [pág. 73].
"- Leí tu libro, es bonito, hay que tener valor para escribir esas cosas.
Me puse tensa.
- ¿Qué cosas?
- Las que haces en la playa.
- No las hago yo, las hace el personaje.
- Sí, pero las contaste muy bien, Lenù, tal como pasan, con esa suciedad. Son secretos que se saben únicamente si se es mujer. [...]
Pero sobre todo se me quedó grabado el hecho de que en la suciedad de mi relato había reconocido la suciedad de su propia experiencia". [pág. 97].
"Trabajaban duramente, ya se sabía. Y al menos Enzo, en la fábrica, seguramente tenía ante los ojos a alguna obrera no menos derrengada que Lila por el esfuerzo, las humillaciones y las obligaciones domésticas. Sin embargo, ahora, los dos se ensombrecían por las condiciones en las que trabajaba ella, no podían tolerarlo. A los hombres había que ocultárselo todo. Preferían no saber, preferían fingir que lo que ocurría bajo las órdenes del patrón, milagrosamente no le ocurría a la mujer a la que querían y a la que -esa era la idea con la que se habían criado- debían proteger aun a costa de su vida. Ante aquel silencio Lila se enfadó todavía más.
- A tomar por culo -dijo-, vosotros y la clase obrera". [pág. 135]
"-Ustedes los profesores insisten tanto en los estudios porque con eso se ganan el pan, pero estudiar no sirve para nada, ni siquiera para mejorar, al contrario, hace a la gente aún más mala.
- ¿Elena se ha vuelto más mala?
- No, ella no.
- ¿Cómo es eso?
Lila le encasquetó a su hijo el gorro de lana.
- De niñas hicimos un pacto: la mala soy yo". [pág. 158]
"Me perdí detrás de Enzo que podía decir con orgullo, "sin ella no podría hacerlo", y nos comunicaba así un amor muy devoto, era evidente que le gustaba recordarse a sí mismo y a los demás lo extraordinario de su mujer, mientras que mi marido no me elogiaba nunca, al contrario, me convertía en madre de sus hijos, quería que a pesar de haber estudiado, yo no fuera capaz de pensar de forma autónoma, me humillaba humillando mis lecturas, lo que me interesaba, mis opiniones, y parecía dispuesto a amarme con la condición de demostrar continuamente mi nulidad" [págs. 337-338].
"-¿Y? -me dijo-. ¿Has felicitado a Elisa? ¿Se duerme bien en casa de Marcello? ¿Estás contenta que la vieja bruja haya cumplido sesenta años?
-Si mi hermana lo quiere así -respondí nerviosa-, ¿qué puedo hacer yo, partirle la cabeza?
-¿Lo ves? En los cuentos se hace lo que se quiere y en la vida real se hace lo que se puede". [pág. 389]
"Me acordé de la resistencia que había mostrado Antonio cuando lo dejé. Pero Antonio era un muchacho, había heredado la cabeza débil de Melina y, sobre todo, no había recibido la misma educación que Pietro, no lo había formado desde la niñez para identificar reglas en el caos. Tal vez, pensaba, yo le había atribuído una importancia exagerada al uso cultivado de la razón, a las buenas lecturas, al buen dominio de la lengua, a la afiliación política; tal vez, frenta al abandono seamos todos iguales; tal vez ni siquiera una cabeza bien ordenada puede aguantar al descubrir que no es amada". [págs. 469-470].
Valoració: 5/5. Genial Ferrante. Barreja lluita obrera, el descobriment del moviment feminista amb uns personatges que han crescut amb tu, i que s'han d'enfrontar ara a la violència i el pes de la vida adulta.

