FRESÁN, RODRIGO, La velocidad de las cosas; Barcelona,
Mondadori, 2012.
[1a Edició 1998]
«Mientras que Mantra relata el
modo en que los muertos contemplan a los vivos, La velocidad de las cosas se ocupa de la manera en que los vivos
intuyen a los muertos». (pàg. 10)
«O nuestras vidas se convierten
en historias, o no habrá manera de darles algún sentido [Douglas Coupland]».
(pàg. 15)
«He comprendido, no sin algo de esfuerzo y con bastante sorpresa, que
en el fondo y en la superficie de todas las historias existen tan solo dos
categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.
»Están aquellos que al final de
un cuento suspiran ¿Por qué no se me
habrá ocurrido a mí? Y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!» (pàg. 17)
«Cuando alguien le pregunta a Hilda con voz meliflua qué es lo que
quiere ser cuando sea grande, Hilda toma aire y contesta sin dudarlo, con el
ceño fruncido y con la rapidez de quien está diciendo una palabra muy larga y
no quiere caer en el hueco de sus vocales o engancharse en las espinas de sus
consonantes.
»“Cuando sea grande quiero ser la persona que descubra pruebas
irrefutables de vida inteligente en otros planetas”, contesta Hilda.
»Y la persona que hizo la
pregunta dice “Qué simpática” cuando en realidad piensa “Qué rara”». (pàg. 49)
«Hilda sonríe y se cuelga del
brazo de Daniel y piensa que lo quiere mucho sin entender muy bien por qué y le
da algo de miedo pensar que el amor sea eso: algo que no se entiende y que se
disfruta mientras se lo tiene sin hacer preguntas ni exigir respuestas, algo
casi extraterrestre». (pàg. 72)
«[…] mi padre se presentó con un
pequeño televisor bajo el brazo. Blanco y negro y nadie se atrevió a
preguntarle de dónde lo había sacado por temor a la respuesta. Me acuerdo que
nos pasamos varias horas sentados frente a él y me acuerdo que mi padre dejó
escapar un suspiro largo y triste como la noche que se nos venía encima antes
de decir “Pero qué lindo sería si tuviéramos electricidad, ¿no?”». (pàg. 74).
«“La mierda que lanzamos al mundo
viene de lo más profundo de nosotros. Tiene que haber algún mensaje ahí. El
culo nos habla, el problema está en que nosotros llevamos siglos negándonos a
escucharlo”, justificaba la Montaña García sólo en el círculo más íntimo de sus
amistades». (pàg. 262).
«Dicen que toda la verdadera
sabiduría y utilidad del psicoanálisis se reduce a esto: si uno puede llegar a
llevarse bien con su psicoanalista puede llevarse bien con cualquiera. A veces
lleva años». (pàg. 287).
«La felicidad –a diferencia del
pesar que es uniforme y que se presenta siempre con el mismo traje más allá de
las circunstancias- se manifiesta de maneras diferentes y, a menudo, difíciles
de precisar y reconocer. Uno puede comprender y sentirse identificado con la
tragedia de otros, pero rara vez con su alegría; porque aquello que nos hace
felices es lo que siempre nos diferencia y nos separa de los demás». (pàg.
327).
«Cuando conocemos a alguien a
quien intuimos como especial, siempre cometemos el error de mostrar primero las
habitaciones mal ventiladas de nuestro pasado en lugar de iniciar la visita
guiada abriendo las puertas bien aceitadas de nuestro presente, esas con vista
a nuestro hipotético futuro en común. Confiamos más en lo que ocurrió que en lo
que nos está ocurriendo y así –sintiéndonos más seguros en el recuento de lo
inalterable, en la supuesta gracia de nuestros greatest hits anecdóticos- perdemos el tiempo caminando de espaldas
y tiñendo de sepia los colores brillantes del aquí y ahora». (pàgs. 374-375).
«Le dijo: “Yo pienso que la
mayoría de las personas van por sus vidas temiendo experimentar una experiencia
traumática. Los freaks, en cambio,
nacen con su trauma. Son aristócratas. Yo los fotografío del mismo modo que los
artistas de las antiguas cortes europeas pintaban a la nobleza y a los reyes”».
(pàg. 418).