dissabte, 4 d’abril del 2015

Adiós a las armas

Hemingway, Ernest
Adiós a las armas
Barcelona, Círculo de Lectores, 2014
(1a ed. A Farewell to Arms, 1929)


«- Estàs sucio -dijo-. Lávate. ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? Cuéntamelo todo. 
- En todas partes. En Milán, en Florencia, en Roma, en Nápoles, en Villa San Giovanni, en Messina, en Taormina...
- Pareces un horario de trenes. ¿Has tenido alguna aventura?
- Sí.
- ¿Dónde?
- En Milano, en Firenze, en Roma, en Napoli...». (pág. 17)

«- Si dejásemos de combatir, las cosas empeorarían.
- No podrían ir peor -objetó Passini, respetuosamente-. No hay nada peor que la guerra. 
- La derrota.
- No lo creo -respondió Passini, siempre respetuoso-. ¿Qué es la derrota? Que vuelves a casa.
- Que te persiguen. Que te quitan la casa. Y a tus hermanas.» (pág. 58).

«Cuando te levantaban de la cama para llevarte a la sala de vendajes podías asomarte a la ventana y ver las tumbas nuevas en el jardín. Junto a la puerta había un soldado dedicado a hacer cruces y a escribir en ellas el nombre, el rango y el regimiento de los hombres enterrados allí.» (pág. 85).

«Tal vez las guerras ya no se ganaran. Era posible que durasen eternamente. Tal vez fuese otra guerra de los Cien Años» (pág. 130).

«- En realidad no te da miedo la lluvia, ¿verdad?
- Cuando estoy contigo, no.
- ¿Por qué te asusta?
- No lo sé.
- Dímelo.
- No me obligues.
- Dímelo.
- No.
- Dímelo.
- De acuerdo. Me da miedo porque a veces me imagino muerta bajo la lluvia.» (pág. 139).

«- ¿Quién dijo eso?
- ¿Que el cobarde muere mil muertes y el valiente sólo una?
- Claro. ¿Quién fue?
- No lo sé.
- Probablemente un cobarde. Conocía bien a los cobardes, pero no a los valientes. El valiente muere dos mil muertes si es inteligente. Lo que pasa es que no lo dice.» (pág. 154)

«- De modo que sí ha leído usted.
- Sí, pero nada bueno.
- Pensaba que El señor Britling era un estudio excelente del alma de la clase media inglesa.
- No sé nada del alma. 
- Pobrecillo. Nadie sabe nada del alma. ¿Es usted croyant?
- De noche.» (pág. 280). 

«- El espíritu no envejece ni se vuelve más sabio.
- Usted es sabio.
- No, he ahí la gran falacia: la sabiduría de los viejos. No se vuelven más sabios, sino más cautos.
- Tal vez en eso consista la sabiduría.
- Es una sabiduría muy poco deseable. ¿Qué es lo que más valora en este mundo?
- A la persona que más quiero.
- A mí me ocurre igual. Eso no es sabiduría.» (pág. 281). 

«- ¿Y las naciones más jóvenes siempre ganan las guerras?
- Tienden a hacerlo por un tiempo.
- ¿Y qué ocurre después?
- Se vuelven viejas.
- Antes ha dicho que no era usted más sabio.
- Mi querido amigo, esto no es sabiduría. Es cinismo.» (pág. 282)

«- Casi he terminado -dijo-. Cariño, pensarás que soy tonta, pero ¿por qué está el camarero en el baño?
- Chis... está esperando para bajar las maletas.
- Qué amable.
- Es un antiguo amigo -dije-. Una vez casi le envié tabaco de pipa.» (pág. 286).