Mariana Enríquez, Los peligros de fumar en la cama
(1a edición 2017 / 2022 Barcelona, Anagrama)
"Señalaba con el dedo hacia fuera, hacia la ventada y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería pero como respuesta seguió señalando como en una película de terror.
Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrantó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo" (pág. 17).
"Julieta revolvió la ensalada y dijo que era normal en Barcelona.
- No hay ciudad de España con más locos. En Madrid no hay tantos, en Zaragoza menos; mi hermano dice que en Sevilla tampoco. Es acá. Lleno de locos sueltos, yo no sé" (pág. 79).
" - Es como si..., es un delirio lo que te voy a decir. Pero bueno, A veces pienso que los locos no son personas, no son reales. Serían como encarnaciones de la locura de la ciudad, válvulas de escape. Si no estuvieran, nos matamos entre nosotros o nos morimos de estrés, o qué sé yo, nos cargamos a esos guardia urbanos hijos de puta que no te dejan sentarte en la escalera del Museo, en la plaza del Àngels..." (pág. 80).
"A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en qué hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba com Slayer, Reign in Blood" (pág. 217).
Valoració: 5/5
