Ruiz Zafón, Carlos, El laberinto de los espíritus
(Barcelona, Planeta, 2016)
"- Nada que valga la pena en esta vida es fácil, Daniel. Cuando yo era joven pensaba que para navegar por el mundo bastaba con aprender a hacer bien tres cosas. Una: atarse los cordones de los zapatos. Dos: desnudar a una mujer a conciencia. Y tres: leer para saborear cada día una páginas compuestas con luz y destreza. Me parecía que un hombre que pisa firme, sabe acariciar y aprende a escuchar la música de las palabras vive más y, sobre todo, vive mejor. Pero los años me han enseñado que con eso no basta y que a veces la vida nos ofrece la oportunidad de aspirar a ser algo más que un bípedo que come, excreta y ocupa espacio temporal en el planeta. Y hoy el destino, con su infinita inconsciencia, ha querido ofrecerle a usted esa oportunidad" [pǵ. 20].
"- Las certezas reconfortan, pero sólo se aprende dudando" [pág. 184].
"- Ya se lo decía yo, Daniel -dijo Fermín-. Mírela, maquinando maldades como la pérfida lamia que es.
-¿Qué es una lamia?- preguntó Vargas.
- No se ofenda, artillero, pero si gastara menos pistolón y más diccionario a lo mejor no tendría que preguntar -replicó Fermín" [pág. 525].
"Entre las muchas aventuras que esconde el corazón de Barcelona existen lugares inexpugnables, abismos recónditos y, para los valientes todavía hay más, está el Registro Civil. [...]. Franqueado el portón de roble que mantenía a raya a los mortales, le esperaba un mostrador amurallado tras el cual unn hombrecillo con mirada de lechuza contemplaba cómo pasaba la vida sin amago alguno de bienvenida.
- Buenos días -ofreció Vargas en son de paz.
- Lo serían si estuviésemos en horario de atención al público. Como dice el cartel de la calle, de once a una, de martes a viernes. Y hoy es lunes y son las ocho y trece de la mañana. ¿No sabe usted leer?
Vargas, bregando en el arte de lidiar con ese pequeño tirano que más de un numerario en posesión de sello y timbre oficial lleva dentro, dejó caer el gesto amable y plantó su identificación a dos centímetros de las narices del recepcionista. El individuo tragó saliva.
- Usted sí que debe saber leer" [pág. 577].
"- ¿Habla usted siempre con lugares comunes o es que aprendió prosodia viendo el NoDo? -replicó el asesor bibliográfico de Sempere e hijos. [...].
- ¿Y usted? ¿Pardillo enamoradizo atrapado en la telaraña de la reina de la noche o santurrón voluntarioso?
Fernandito recapacitó.
- Más bien lo primero, supongo.
- No se avergüence, que así es la vida. El aprender a diferenciar entre por qué hace uno las cosas y por qué dice hacerlas es el primer paso para comenzar a conocerse a uno mismo. Y de ahí a dejar de ser un cretino hay un trecho [pàg. 633].
"-Mejor no nos pongamos cursis -concluyó-. Usted siga con el nihilismo y yo con los Sugus.
-Dos valores seguros.
-Allí donde los haya" [pág. 700].
"Doña Lorena, una bibliotecaria sabia que rondaba por allí por las tardes, siempre me preparaba una pila de libros que denominaba "las lectura que toda señorita debe leer y que nadie quiere que lea". Doña Lorena decía que el nivel de barbarie de una sociedad se mide por la distancia que intenta poner entre las mujeres y los libros. "Nada asusta más a un cafre que una mujer que sabe leer, escribir, pensar y encima enseña las rodillas". Durante la guerra la metieron en la cárcel de mujeres y dijeron que se había ahorcado en su celda" [pág. 769].
"-Eso es apocalíptico -reía yo, sacando lustre a una palabra que había aprendido de Fermín y cuya mención siempre me granjeaba un Sugus.
- Así me gusta -decía Fermín-. Mientras haya chavales en pantalón corto que sepan manejar esdrújulas habrá esperanza" [pág. 870].
Valoració: molt bona novel·la, que t'enganxa des del principi. Ben escrita i amb un ritme trepidant.
