dimecres, 24 d’agost del 2016

LA VELOCIDAD DE LAS COSAS

FRESÁN, RODRIGO, La velocidad de las cosas; Barcelona, Mondadori, 2012.
[1a Edició 1998]


«Mientras que Mantra relata el modo en que los muertos contemplan a los vivos, La velocidad de las cosas se ocupa de la manera en que los vivos intuyen a los muertos». (pàg. 10)

«O nuestras vidas se convierten en historias, o no habrá manera de darles algún sentido [Douglas Coupland]». (pàg. 15)

«He comprendido, no sin algo de esfuerzo y con bastante sorpresa, que en el fondo y en la superficie de todas las historias existen tan solo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.
»Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? Y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!» (pàg. 17)

«Cuando alguien le pregunta a Hilda con voz meliflua qué es lo que quiere ser cuando sea grande, Hilda toma aire y contesta sin dudarlo, con el ceño fruncido y con la rapidez de quien está diciendo una palabra muy larga y no quiere caer en el hueco de sus vocales o engancharse en las espinas de sus consonantes.
»“Cuando sea grande quiero ser la persona que descubra pruebas irrefutables de vida inteligente en otros planetas”, contesta Hilda.
»Y la persona que hizo la pregunta dice “Qué simpática” cuando en realidad piensa “Qué rara”». (pàg. 49)

«Hilda sonríe y se cuelga del brazo de Daniel y piensa que lo quiere mucho sin entender muy bien por qué y le da algo de miedo pensar que el amor sea eso: algo que no se entiende y que se disfruta mientras se lo tiene sin hacer preguntas ni exigir respuestas, algo casi extraterrestre». (pàg. 72)

«[…] mi padre se presentó con un pequeño televisor bajo el brazo. Blanco y negro y nadie se atrevió a preguntarle de dónde lo había sacado por temor a la respuesta. Me acuerdo que nos pasamos varias horas sentados frente a él y me acuerdo que mi padre dejó escapar un suspiro largo y triste como la noche que se nos venía encima antes de decir “Pero qué lindo sería si tuviéramos electricidad, ¿no?”». (pàg. 74).

«“La mierda que lanzamos al mundo viene de lo más profundo de nosotros. Tiene que haber algún mensaje ahí. El culo nos habla, el problema está en que nosotros llevamos siglos negándonos a escucharlo”, justificaba la Montaña García sólo en el círculo más íntimo de sus amistades». (pàg. 262).

«Dicen que toda la verdadera sabiduría y utilidad del psicoanálisis se reduce a esto: si uno puede llegar a llevarse bien con su psicoanalista puede llevarse bien con cualquiera. A veces lleva años». (pàg. 287).

«La felicidad –a diferencia del pesar que es uniforme y que se presenta siempre con el mismo traje más allá de las circunstancias- se manifiesta de maneras diferentes y, a menudo, difíciles de precisar y reconocer. Uno puede comprender y sentirse identificado con la tragedia de otros, pero rara vez con su alegría; porque aquello que nos hace felices es lo que siempre nos diferencia y nos separa de los demás». (pàg. 327).

«Cuando conocemos a alguien a quien intuimos como especial, siempre cometemos el error de mostrar primero las habitaciones mal ventiladas de nuestro pasado en lugar de iniciar la visita guiada abriendo las puertas bien aceitadas de nuestro presente, esas con vista a nuestro hipotético futuro en común. Confiamos más en lo que ocurrió que en lo que nos está ocurriendo y así –sintiéndonos más seguros en el recuento de lo inalterable, en la supuesta gracia de nuestros greatest hits anecdóticos- perdemos el tiempo caminando de espaldas y tiñendo de sepia los colores brillantes del aquí y ahora». (pàgs. 374-375).

«Le dijo: “Yo pienso que la mayoría de las personas van por sus vidas temiendo experimentar una experiencia traumática. Los freaks, en cambio, nacen con su trauma. Son aristócratas. Yo los fotografío del mismo modo que los artistas de las antiguas cortes europeas pintaban a la nobleza y a los reyes”». (pàg. 418).

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