dimecres, 9 de març del 2016

Los perros negros

McEwan, Ian, Los perros negros
Barcelona, Anagrama, 1993
(Títol original Black Dogs, 1992)



«Debería haber aprendido de mi experiencia con Sally que la forma más sencilla de recuperar a un padre perdido es convertirse en padre uno mismo» (pàg. 22)

«No sabría decir si los perros negros de June debería considerarse un símbolo potente, una frase cómoda, una prueba de su credulidad, o una manifestación de un poder que realmente existe. En estas memorias he incluido ciertos incidentes de mi propia vida -en Berlín, Majdanek, Les Salces y Saint Maurice de Navacelles- que estan abiertos por igual a las dos clases de interpretaciones, a la de Bernard y a la de June. Racionalista y mística, comisario y yogui, el que se afilia y la que se abstiene, el científico y la intuitiva, Bernard y June son los extremos, los polos gemelos a lo largo de cuyo resbaladizo eje se desliza y nunca llega a descansar mi propia incredulidad.» (pàg. 24)

«- Como las mejores peleas, ésta pasó rápidamente de lo particular a lo general. Mi actitud hacia aquel pobre bicho era típica de mi actitud hacia la mayoría de las cosas, incluyéndola a ella. Yo era frío, teórico, arrogante. Nunca mostraba ninguna emoción y le impedía a ella mostrarlas. Se sentía vigilada, analizada, se sentía parte de mi colección de insectos.» (pàg. 93).

«Pero te vas quedando. Piensas que las ideas son buenas pero que la gente que está al mando es inadecuada y que eso cambiará. Y cómo puedes dejar que toda esta buena obra se pierda. Te dices que siempre supimos que sería difícil y que la práctica todavía no está a la altura de la teoría y que todo eso lleva tiempo. Te dices que la mayor parte de lo que oyes son calumnias de la Guerra Fría.» (pàg. 109).

«Compartimos el planeta con criaturas tan extrañas y tan ajenas a nosotros como cualquiera de las que podamos imaginar en el espacio. Pero les damos nombres y dejamos de verlas, o su tamaño nos impide mirarlas.» (pàg. 180).

«Tuvo la impresión de que la guerra recientemente concluida no era un hecho histórico y geopolítico, sino una multiplicidad, casi una infinidad de penas privadas, un dolor ilimitado subdividido sin merma en partes diminutas repartidas entre individuos que cubrían el continente como polvo, como esporas cuyas identidades separadas permanecerían ignoradas y cuya totalidad revelaba más tristeza de la que nadie podría llegar a comprender nunca.» (pàg. 199).


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