(Títol original: Le crime du comte Neville, trad. Sergi Pàmies, 2015)
«- [...] Me pregunto si se interesa usted lo suficiente por sus vivencias.
»Esta última palabra impactó al conde como si de una bofetada se tratara. No era la primera vez que se lo decían. De unos años a esta parte, y por oscuras razones, la gente ya no se conformaba con los términos sentimientos, sensaciones o impresiones, que no obstante seguían cumpliendo perfectamente su función. Además la gente debía tener vivencias. Neville era alérgico a este vocablo tan ridículo como pretencioso» [pàgs. 9-10].
«"¿Por qué inventar el infierno cuando existe el insomnio?", se preguntaba el conde» [pàg. 39].
«A los ocho años, Henri le había hecho una pregunta terrible a su padre. No era: "¿Los Reyes Magos son los padres?". Tampoco era: "¿Cómo se hacen los niños?". Era mucho más grave: "Papá, ¿qué quiere decir ser noble?".
[...]
»- Ser noble, hijo mío, no significa tener más derechos que los demás. Significa que tienes muchos más deberes» [pàgs. 62-63].
«Existe una frontera temporal, tanto más enorme por cuanto no es oficial, que divide la humanidad en dos especies que bien podrían no comprenderse jamás. Arbitrariamente, situémosla en 1975, aun siendo conscientes de la extrema variabilidad de esta fecha en función de los países y de los entornos. Se trata de la línea que separa a los niños nacidos para seducir de los niños nacidos para ser seducidos.
»Los niños del mundo antiguo sólo tenían derecho a una cuota mínima de atención y afecto, salvo si se esforzaban en seducir a sus padres; los niños modernos, en cambio, eran, desde el mismo momento de nacer, objetos de un intento de seducción por parte de sus padres, que tenían derecho únicamente a una cuota mínima de afecto. Fue una revolución de puntos de vista: los niños, que en el mundo antiguo sólo eran un medio, se habían convertido en un fin en sí mismos, en el objetivo soberano» [pàgs. 64-65].
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