dilluns, 29 de maig del 2023

Los Miserables

 Hugo, Víctor, Los Miserables

(títol original: Les Misérables, trad. Aurora Alemany, 2015)


Volumen I

"- No temamos nunca a los ladrones ni a los asesinos; éstos son los peligros exteriores, los pequeños peligros. Temámonos a nosotros mismos. Los prejuicios: éstos son los ladrones; los vicios: éstos son los asesinos. Los grandes peligros están dentro de nosotros. ¡Qué importa lo que amenaza nuestra cabeza o nuestra bolsa! Pensemos sólo en lo que amenaza nuestra alma" [pàg. 39].

"¿Qué es esta historia de Fantine? Es la sociedad comprando una esclava. 
¿A quién? A la miseria.
Al hambre, al frío al aislamiento, al abandono, a la desnudez. ¡Pacto doloroso! Un alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta. 
La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la penetra todavía. Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea. Es un error. Existe aún, pero no pesa más que sobre la mujer, y se llama prostitución. 
Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre la belleza, sobre la maternidad. Ésta no es una de las menores vergüenzas del hombre" [pàg. 187].

"No conseguía ver con claridad. Los vagos aspectos de todos los razonamientos que se sucedían en el delirio temblaban y se disipaban, sucesivamente, convirtiéndose en humo. Solamente presentía que, cualquiera que fuese la resolución que tomara, necesariamente y sin que pudiera evitarlo, algo en él iba a morir; que iba a entrar en el sepulcro, tanto por la derecha como por la izquierda; que iba a sufrir una agonía, la agonía de su felicidad o la agonía de su virtud" [pàg. 233]. 

"Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa habría cambiado. Algunas gotas de agua más o menos hicieron declinar a Napoleón. Para que Waterloo fuese el fin de Austerlitz, la Providencia no necesitó más que un poco de lluvia; una nube que atravesó el cielo, impropia de aquella estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo" [pàg. 302].  

"El barranco estaba allí, inesperado, abierto a pico bajo las patas de los caballos, con una profundidad de dos toesas entre su doble talud; la segunda fila empujó a la primera, y la tercera empujó a la segunda; los caballos se encabritaban, se echaban hacia atrás. Caían sobre las grupas, agitaban en el aire las cuatro patas, amontonando y arrojando a los jinetes; no había medio de retroceder, toda la columna no era más que un proyectil; la fuerza adquirida para destruir a los ingleses, destruyó a los franceses; el barranco inerxorable, sólo colmado, se entregaba; jinetes y caballos rodaron allí en revuelta y horrible confusión, aplastándose unos a otros, formando una sola carne en aquel abismo, y, cuando aquella fosa estuvo llena de hombres vivos, el resto pasó por encima. Casi una tercera parte de la brigada Dubois se desplomó en aquel abismo. Así comenzó la derrota" [pàg. 320].

"Ser ultra es ir más allá; es hacer la guerra al centro en nombre del trono y a la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es arrojarse en el tiro de caballos para que vayan más deprisa; es censurar la hoguera porque quema poco a los herejes; es reprender al idólatra por su poca idolatría; es insultar por exceso de respeto; es no encontrar bastante papismo en el Papa, ni bastante realeza en el rey, y demasiada luz en la noche; es estar descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena, en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de ser su enemigo; es llevar el pro hasta el contra. El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de la Restauración" [pàg. 589].

"Que no exista ningún desgraciado es una quimera, que existan los menos posibles es la sabiduría. Y suprimir entre los desgraciados la especie llamada "los miserables", es la mayor de las cuestiones humanas. Curar el bocio, de esto se trata. Pero protestáis: decirlo es fácil. ¿Cuál es vuestro sistema de curación? ¿Cómo suprimir la miseria? Lo hemos dicho: suprimiendo la ignorancia. Basta de tinieblas, basta de miserables. No hay ceguera social, no hay más que oscuridad" [pàg. 799].

Volumen II

"El emperador había tenido un pensamiento digno de un genio; en aquel elefante titánico, armado, prodigioso, alzando su trompa, llevando su torre, y haciendo brotar de todas partes en derredor suyo surtidores alegres y vivificantes, quería encarnar al pueblo; Dios había hecho de él una cosa más grande: alojaba ahí a un niño" [pàg. 130]. 

"Al final de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.
Desde hacía seis semanas, Marius, poco a poco, lentamente, por grados, tomaba cada día posesión de Cosette. Posesión enteramente ideal, pero profunda. Como ya hemos explicado, en el primer amor se toma el alma mucho antes que el cuerpo; más tarde, se toma el cuerpo mucho antes que el alma, y algunas veces no se toma el alma en absoluto" [pàg. 165].

"¿De qué se compone un motín? De todo y de nada. De una electricidad que se desarrolla poco a poco, de una llama que se forma súbitamente, de una fuerza vaga, de un soplo que pasa. Este soplo encuentra cabezas que piensan, cerebros que sueñan. almas que sufren, pasiones que arden, miserias que se lamentan, y las arrastra" [pàg. 189].

"Marius había tenido todo el día un volcán en el cerebro, ahora tenía un torbellino, que le producía el mismo efecto que si estuviese fuera de sí y le arrastrase. La parecía que se hallaba ya a una distancia inmensa de su vida. Sus luminosos meses de alegría y amor terminaban bruscamente en aquel terrible precipicio. Cosette perdida para él, la barricada, el señor Mabeuf dando su vida por la República, él mismo, jefe de los insurgentes; todas estas cosas le parecían una pesadilla monstruosa. Estaba obligado a hacer un esfuerzo para recordar que todo lo que le rodeaba era real. Marius había vivido demasiado poco para saber que no hay nada tan inminente como lo imposible, y que siempre hay que prever lo imprevisto. Asistía a su propio drama como a una obra que no se comprende" [pàg. 267]. 

 "No estaba acostumbrado a tener lo desconocido sobre su cabeza. 
Hasta entonces, todo lo que tenía por encima de sí había sido para su mirada una superficie neta, simple, límpida; no había nada ignorado ni oscuro; nada que no fuera definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto, circumscrito, limitado, cerrado; todo estaba previsto; la autoridad era una cosa llana; no había ninguna caída en ella, ningún vértigo delante de ella. Javert no había visto jamás lo desconocido más que abajo. Lo irregular, lo inesperado, la apertura desordenada del caos, resbalar hacia un precipicio, era el hecho de las regiones inferiores, de los rebeldes, de los malvados, de los miserables. Ahora, Javert se echaba atrás, y se asustaba bruscamente por esta aparición inaudita: un abismo en lo alto.
¡Cómo! ¡El efecto de la coraza de la sociedad podía ser encontrado por un miserable magnánimo! ¡Cómo! ¡Un honrado servidor de la ley podía verse de repente cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar a un hombre y el crimen de detenerle! ¡No todo era cierto en la consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía surgir dificultades en el deber! ¡Cómo! ¡Era real todo esto! ¿Era cierto que un antiguo bandido, doblado por las cadenas, pudiera alzarse al fin y acabar por tener razón? ¿Era creíble? ¡Así pues, había casos en los que la ley debía retirarse ante el crimen transfigurado en un balbuceo de excusas!" [pàg. 435]. 

"Fauchelevent me prestó en vano su nombre, yo no tengo derecho a servirme de él; él ha podido dármelo y yo no he podido tomarlo. Un nombre es un yo. Ya veis, señor, yo he pensado un poco, he leído un poco aunque sea un campesino; y me doy cuenta de las cosas. [...] En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy, para vivir, no quiero robar un nombre" [pàg. 497]. 

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