Auster, Paul i Ostrander, Spencer, Un país bañado en sangre
(títol original: Bloodbath Nation. Trad.: Gómez Ibánez, Benito, 2023).
"Las imágenes que acompañan el texto de este libro son fotografías del silencio. A lo largo de dos años, Spencer Ostrander emprendió varios viajes largos por todo el país para fotografiar el emplazamiento de más de treinta tiroteos masivos ocurridos en las últimas décadas. Las fotografías son notables por la ausencia de figuras humanas y por el hecho de que en ningún sitio haya a la vista ni siquiera la sugerencia de un arma. Son retratos de edificios, construcciones sombrías a veces, desagradables, emplazadas en paisajes norteamericanos anodinos, neutrales: estructuras olvidadas donde hombres con fusiles y pistolas perpetraron horrendas matanzas, consiguieron brevemente la atención del país y cayeron luego en el olvido hasta que apareció Ostrander con su cámara y las transformó en lápidas de nuestro dolor colectivo" [pàgs. 7-8].
"En cuanto a mi padre, retraído en su mayor parte, trabajó mucho para transformar su taller de reparación de radios en un negocio de electrodomésticos propiamente dicho, siguió siendo un soltero irresponsable e independiente, y vivió en casa de su madre hasta los treinta y tres años. En 1946 se casó con mi madre, de veintiuno, mujer a quien presuntamente adoraba pero no podía amar, porque para entonces era un hombre solitario, fracturado, cuyo paisaje interior era tan tenebroso que vivía distanciado de los demás, cosa que no lo hacía apto para el matrimonio, de modo que mis padres acabaron divorciándose, y, siempre que pienso en la fundamental bonhomía de mi padre y en lo que podría haber llegado a ser de haberse criado en otras circunstancias, también pienso en la pistola que mató a mi abuelo: la misma arma que destrozó la vida de mi padre [pàg. 27].
"Según una reciente estimación del hospital pediátrico del Philadelphia Research Institute, actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de residentes en Estados Unidos: más de una para cada hombre, mujer y niño de todo el país" [pàg. 59].
"Automóviles y armas de fuego son los dos pilares de nuestra mitología nacional más profunda, porque el coche y la pistola o el fusil representan cada uno por su cuenta una idea de libertad y autonomía individual, las formas más emocionantes de autoexpresión de que disponemos: atrévete a pisar a fondo el acelerador y de pronto estás circulando a una velocidad de ciento cuarenta kilómetros por hora; flexiona el dedo índice en torno al gatillo d tu Glock o de tu AR-15 y el mundo es tuyo. Tampoco nos cansamos de ver esas cosas ni de pensar en ellas. Los dos elementos más apreciados de las películas norteamericanas son desde hace mucho el tiroteo y la persecución de coches, y, por muchas veces que nos perdamos en el espectáculo de esas emociones fuertes que, hábilmente orquestradas, se representan en la pantalla, seguimos volviendo por más" [pàgs. 63-64].
"Tres quintas partes de una persona. Cómo me hubiera gustado escuchar las conversaciones de aquellos hombres ilustrados mientras hilaban fino para determinar qué fracción de vida humana debían asignar a un esclavo" [pàg. 77].
"Lo que nos lleva a la Segunda Enmienda, esa frase ambíguamente formulada, extrañamente puntuada, que aparece en la primera página de la Declaración y que se ignoró durante la mayor parte de nuestra historia hasta que dejó de ignorarse y de pronto, como de la noche a la mañana, se convirtió en el elemento más conflictivo del debate sobre las armas que mantiene dividido al país desde hace cinquenta años: "Siendo necesaria una milicia bien organizada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas".
Mares de tinta se han derramado en una creciente oleada de argumentos y refutaciones sobre el significado de esas palabras" [pàg. 79].
"He visto en vídeo su discurso y me parece eficaz y de una sinceridad conmoverdora, pero cuando la multitud de nueve mil asociados aclamaba cada uno de sus comentarios, yo seguía pensando en lo que él mismo había dicho después de su propia experiencia de disparar por primera vez contra alguien: "No estamos hechos para arrebatar la vida a otra persona. Eso hace daño. Nos cambia". Y, sin embargo, adopta la postura de la ANR conforme los norteamericanos tienen el derecho de armarse contra las intenciones asesinas de los demás" [pàg. 140].
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