Marías, Javier, Así empieza lo malo
Barcelona, Alfaguara, 2014.
«La verdad es una categoría que se
suspende mientras se vive. [...] Sí, es ilusorio ir tras ella, una pérdida de
tiempo y una fuente de conflictos, una estupidez. Y sin embargo no podemos no
hacerlo. O mejor dicho, no podemos evitar preguntarnos por ella, al tener la
seguridad de que existe, de que se halla en algún lugar y en un tiempo a los
que no podemos acceder» (pàg. 33).
«La Guerra Civil terminó en 1939 y,
se diga lo que se diga ahora, ni en los años cuarenta ni en los cincuenta, ni
desde luego en los sesenta más blandos ni casi tampoco en los setenta hasta la
muerte del dictador, la gente ansiaba contar su versión, quiero decir la que no
habría podido» (pàg. 41).
«De la libertad se puede
prescindir. De hecho es lo primero de lo que los ciudadanos con miedo están
dispuestos a prescindir» (pàg. 41).
«Una cosa acertada y sensata era
que no nos enzarzáramos en los tribunales, que éstos no se llenaran de causas
hirientes que habrían impedido la convivencia y nos habrían llevado a terminar
muy mal. Otra, que no pudiéramos saber, que no pudiéramos contar. Y sin embargo
la mayor parte de la gente optó por eso, por seguir callada, desde luego en
público pero casi también en privado» (pàg. 46).
«Un historiador se jactaba de sus
“años de exilio en París”, cuando esos años los había pasado nada menos que con
un cargo en la embajada española, representado a Franco, claro está» (pàg. 47).
«Qué estúpido fui al quererte todos
esto años, lo más que pude, mientras no supe nada. Es como si hubiera querido a
un melón, a una sandía, a una alcachofa» (pàg. 93).
«…esa manía española de teñir los negocios con un simulacro de
incipiente amistad» (pàg. 105).
«Cuando uno renuncia a eso, cuando
uno renuncia a saber lo que no se puede saber, quizás entonces, parafraseando a
Shakespeare, quizás entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda
atrás» (pàg. 324).

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