NOTHOMB, AMÉLIE, Primera sangre
(títol original: Premier sang, trad.Sergi Pàmies, 2021)
"Me llevan ante el pelotón de fusilamiento. El tiempo se estira, cada segundo dura un siglo más que el anterior. Tengo veintiocho años.
Frente a mí, la muerte tiene el rostro de los doce ejecutantes. La costumbre exige que, de entre todas las armas repartidas, una esté cargada con balas de fogueo. Así cada uno de ellos puede considerarse inocente del asesinato que está a punto de perpetrarse. Dudo que esta tradición se haya respetado hoy. Ninguno de esos hombres parece necesitar una posibilidad de inocencia" [pág. 9].
"A lo lejos, divisé una torre que emergía del bosque. Pont d'Oye me sorprendió más de lo que me decepcionó. Desde allí, se veía encajonado: a medida que uno se acercaba, lo descubría erigido sobre un promontorio. Lo menos que puede decirse es que no se parecía en nada a una fortaleza: se podría haber creado para él el apelativo de debileza. Aquella elegante edificación del siglo XVII había conocido días mejores" [pág. 34].
"Pierre Nothomb tenía el don del contacto singular con la gente: se dirigía a cada uno como si se tratara de la persona más importante de su vida. De ahí la veneración que suscitaba" [pág.64].
"El síndrome de Estocolmo se ha simplificado mucho. No se trata solo de amor. Desde el momento en el que un guardia baja un poco la voz al gritarte, desde el momento en el que un cocinero distraído te sirve una cucharada extra de rancho, desde el momento en el que alguien te escucha como un adversario digno de ese nombre, te invade una irremprimible bocanada de gratitud. Haberte librado del maltrato de la víspera es suficiente para convencerte de que eres el elegido. No es que te enamores, es que te sientes querido de una manera extraña. Se trata de una variante de la erotomanía que puede degenerar en masoquismo paradójico. El rehén que se enamora es aquel al que la convicción de ser querido le inspira un desajuste maníaco" [págs.128-129].
"Una vez en libertad, me alegré de reencontrarme con los rebeldes casi tanto como de hacerlo con los rehenes. ¡Qué alegría ver a gente y hablar con ella! No me habría permitido llevarle la contraria a Sartre y a su "El infierno son los otros", simplemente creo que el infierno me gustaba" [pág. 143].
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